Bienvenido

By 11 de agosto de 2019Caminando

Tercera parte de Indoloro
Viene de Mutación

El humeante olor a arroz integral tostado de un té hacía una combinación perfecta con la sopa de miso y algunas verduras encurtidas. Tenía un hambre atroz, el olor de semejante manjar me había hecho despertar abruptamente. Desde donde estaba, discernía una silueta moviéndose a contraluz. Era una mujer, joven. Olía a flor silvestre y azúcar moreno.

—¿Te has despertado ya? —su voz sonó como la caricia de una delicada prenda.
—Eso creo —respondí ligeramente carraspeando.
—Menuda noche, ¡eh!
—Sí... eso creo también.
—¿Vas a quedarte en mi sofá o vas a venir a comer algo? debes estar hambriento.

¡Qué si estoy hambriento, dice! —Pensé.

—Por favor dame algo de eso que huele también antes de que me vuela a desmayar.
—Claro, ¿puedes venir tú sólo o te ayudo? —Seguía acariciándome su voz, envolviéndome.
—Voy —, dije con una seguridad incierta.

Sentándome a la mesa, la miré. Tenía los ojos de un color negro como pocos había visto y brillaban como si la luz viniera de ellos. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo dejando algunos cabellos sueltos caer a los lados de la cara perfilando su tez blanca y contrastando con el moreno de su brillante cabellera. Me sorprendió ver un mechón canoso, ancho, que lejos de enturbiar a su belleza, la potenciaba misteriosa y deliciosamente. Ella me miró sonriendo entrever sus dientes blancos, perfectos. Su sonrisa era indescriptiblemente amable y dulce. Acentuó su sonrisa e iluminó la estancia, aunque podría haber iluminado una ciudad entera. Iluminó la estancia y sin yo querer mi alma.

Demasiado pronto— me dije, cerrando todo lo que podía la entrada de tan intensa y adorable energía.

El olor de la comida saltó a mis sentidos y sin poder contenerme, empecé a devorar todo lo que ella había puesto en la bandeja. No me sentí muy orgulloso de actuar como un salvaje. Engullía y lo hacía ruidosamente. Ella se giró para darme un poco de intimidad sonriendo aún más, bastante más.

Minutos después volví a mirarla un poco avergonzado. Segundos después me acercó la mesa otro par de platos más recién sacados del horno y poniéndolos en la bandeja, me miró asintiendo con la cabeza y volví convertirme en una versión barata de Tarzán en Nueva-York. Y volvió a iluminar la estancia, la cuidad.

—Parece que te gusta como cocino —, dijo sin parar de sonreír.
—Hacía años que no comía tan bien —hablé entre bocado y bocado.
—Me alegro — otra sonrisa.

Acabando intenté levantarme y recoger todo para no molestar más de lo debido pero ella se adelantó y con un gesto de "no te preocupes" y llevó la bandeja a la cocina. Al poco rato volvió con una tetera y dos tazas, después de servir el té de hierbas se sentó frente a mí y me preguntó.

—¿Cómo te encuentras?
—Mucho mejor, gracias —aún avergonzado —. ¿Dónde estoy?
—A las afueras de la ciudad y un poco antes de llegar a la población de Haribe. No muy lejos de dónde te encontré.
—¿Sueles recoger a indigentes y darles cobijo habitualmente?
—Sólo si previamente les miro la documentación y la contrasto con la base de datos de la policía, Dragos.
—Dragos Cabalaggio, para servirte —sonreí intentado disimular mi sorpresa.

Me acercó mi cartera y la puso amablemente encima de la mesa. La miré de soslayo y luego volví a mirarla confiado.

—¿Cómo debo llamarte?
—Beatriz.
—¿Beatriz, qué más?
—De momento, sólo Beatriz.
—¿Y hay algún señor Beatriz en la casa? —bromeé pero no del todo.
Sonrió una vez más ampliamente y añadió.
—No, que yo sepa. ¿Te interesa mucho?
—Sólo trato de saber dónde estoy —mentí.

De pronto recordé que necesitaba ir a mi laboratorio y revisar todo lo referente a lo que me había pasado.

—Beatriz, ¿hay alguna manera de llegar hasta la ciudad? Necesito llegar y hacer algunas comprobaciones que afectan directamente a mi salud.
—La verdad es que la combinación es bastante mala desde aquí, pero si quieres te puedo acercar.
—No quisiera molestar...

Beatriz ya se había levantado y se ponía un chal color crema con adornos rojos. Se giró con ademán diligente y me dijo:

—¿Vienes?
—Vamos, dije.

A los pocos minutos transitábamos la carretera de aquel nublado día de Noviembre. En silencio, en un silencio para nada incomodo. En unos 45 minutos se veía ya la luz de la ciudad y en 20 más estábamos en el portal de la empresa en la que trabajaba como biólogo molecular.

—Gracias, le dije —realmente agradecido y añadí casi automáticamente —¿Quieres subir?
—¿Qué voy a encontrarme ahí arriba?
—Cosas un poco aburridas, la verdad.
—Venga, subo —me interrumpió.

El laboratorio estaba limpio y ordenado, para ser un laboratorio. La mayoría de los equipos estaban cuidadosamente situados, aislados por líneas imaginarias que equidistaban cada uno de ellos, grandes o pequeños. En un rincón una Impresora 3-D estaba acabando algo que parecía ser un inyector de substancias. Un osciloscopio dejaba observar fluctuaciones de una onda sinusoidal que trataba de ser pura, sin conseguirlo. El resto de equipos estaban, muchos de ellos haciendo las funciones para las que se habían construido. Bombillas y pipetas graduadas, buretas, frascos volumétricos, placas de petri, varillas de agitación, desecadores y muchos más. Yo escudriñaba en un microscopio electrónico parte de mi sangre sintetizada mientras esperaba los resultados de un espectroscopio. Seguía atento. Beatriz estaba sentada en un lado de la mesa y me miraba con atención. Transcurridas un par de horas, me giré y me senté con el rostro entre compungido y cansado.

—El proceso no ha terminado. Hay cosas que están por suceder —dije, pensando en voz alta.
—Perdona que te interrumpa —apuntó Beatriz —sé que pudiera parecer que no tengo ni idea de lo que estás haciendo y... bueno así es —sonrió —, pero ¿podrías decirme por qué estás analizado tu sangre y por qué tienes esa cara?

¿Cómo podría explicarle lo que había hecho? ¿cómo podría decirle que había delinquido utilizando equipos de la empresa para un proyecto que sólo podía tener, en principio, resultados teóricos?

—Verás —, respiré hondo —. Hace unos meses atrás, recibí la noticia de que mi madre no estaba teniendo la elasticidad en las arterias que sería necesaria para ser compatibles con la vida. A raíz de aquello entré en una actividad frenética en la que intentaba descifrar cada una de las posibilidades de curar a mi madre antes de lo que al final resultó inevitable. Ante la desaparición de la mujer que más me ha amado, lidié con el proceso de duelo tratando de utilizar todas mis energías en conseguir la forma de que los telómeros humanos dejaran de consumirse de forma automática y sin motivo aparente.

Beatriz interrogó con su mirada.

—En realidad —, traté de explicarle de forma sencilla —no se sabe por qué envejecemos. Los telómeros son como una especie de fibras que cada vez que una célula se reproduce renovando así un organismo, se desgastan y eso hace que vayamos envejeciendo. ¿sí?
—Sí.
—Bien —proseguí —, hay organismos en la tierra que sencillamente no envejecen. Una especie de medusa en especial, turritopsis nutricula. Sin embargo, decidí empezar a hacer mis experimentos con mamíferos por la proximidad evolutiva. La idea era que mediante epigenética, es decir, activando y desactivando cadenas de ADN que conservamos desde que éramos poco más que una ameba, pudiéramos conseguir mejoras en vida para curar enfermedades de todo tipo. Algo así como un reparador genético activo, un centinela genético que pudiera curarnos. ¿Hasta aquí, bien?
—Más o menos —me miró con ganas de saber más.
—Evidentemente no estaba todo lo estable que yo hubiera querido y la que entonces era mi pareja empezó a tener conductas erráticas. Tengo un imán especial para enlazarme sentimentalmente con quien menos me conviene —bromeé.... casi.
—¿Cómo de erráticas? —acentuó y agudizó su tono levemente al preguntarme.
—Muy erráticas y muy casquivanas para mi gusto. Y probablemente para el gusto de la mayorías de los hombres. Al menos de los yo que conozco. Digamos, y estoy siendo educado, que se dedicó a dormir con los pocos amigos que tenía, y con los amigos de mis amigos y con las amigas de mis amigos también —traté de seguir estoico.
—Dragos, no es necesario que me cuentes algo que no te apetece.
—No... está bien. Yo estaba muy focalizado en mi trabajo y parece que su forma de llamar la atención no era la más adecuada, desde mi punto de vista. La inseguridad de esa mujer era enorme, pero se escondía muy bien y no parecía que fuera patológica. Pero lo era. Un día descubrí por casualidad un par de mensajes que llegaron a mi móvil con un nombre que no era el mío y era un mensaje de ella. De ella deseando atención de otro. Rápidamente lo borró, dándose cuenta de su error "⊘ Este mensaje fue eliminado", pero yo lo recuperé fácilmente y lo guardé —, Beatriz me miraba en silencio.
—Esa misma tarde fui a su apartamento y... bueno. Ya te lo puedes imaginar —hice una pausa —, la presión, el duelo, la soledad, el enorme vacío. Perdí el control. No estoy muy orgulloso de ello y traté de probar en mí el suero que modificaría, si todo fuera bien, ciertos aspectos genéticos del ser humano. "Si pudiera dejar de sentir dolor por un instante", me dije. Arrastrado por las incesantes punzadas en mi pecho que también recorrían mis extremidades, los ecos metálicos de frases de apoyo que no eran verdad, el aturdimento espacial: "¿dónde estaba?, ¿qué había conseguido en en el transcurso de mi vida?, ¿al final.. quién yo era?. Decidí inyectarlo en mis venas. Tal vez —me dije —, los felinos con los que había tratado de llevar a cabo mis estudios tenían la capacidad de no sentir tanto. Tal vez, sólo tal vez, la genética animal salvaje y latente de mi ADN que anida en todos nosotros hiciera aparición fehaciente podría aliviar un poco tanto dolor.

No había puesto atención a las lagrimas silenciosas que brotaban de mis pupilas verdes y levemente helicoidales. No reparé en el temblor de mis manos. No fui consciente de como mi espalda se encorvaba cimbreando al ritmo de cada inevitable llanto que brotaba una vez y otra. Tampoco fui consciente de saber en qué momento Beatriz se había levantado de la silla y me abrazaba, serena, cariñosa, dulce.
A penas conseguí suavizar mi respiración, ella tomó mi cabeza posando sus manos en mis acuosas mejillas incorporando mi ángulo de visión hasta cruzarse con sus hermosos iris levemente helicoidales. Parpadeó con su membrana nictitante, y me susurró:

—Bienvenido.

12 Agosto 2019

Mutación
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