Y mirando desde un tercer piso, derrepente me encuentro con un panorama agridulce.
Familias incipientes que juegan con sus cachorros en un cesped de plástico… ni atrincherados entre asfalto y hormigón el ser humano puede dejar de hacer caso a su instinto (afortunadamente).
Incluso envenenados con el plomo de los tubos de escape (el cual nos vuelve medio tontos), algo nos mueve a intentar notar la suavidad con la que la Madre Naturaleza intenta acariciarnos el lomo. Y somos tan humildes que un poquito de PVC pobremente coloreado, nos basta para jugar como traviesos oseznos.
