Los macacos japoneses (Macaca fuscata), conocidos como «monos de nieve», son un primate endémico de Japón y el que vive más al norte de todos los primates no humanos. No «sobreviven» al invierno: lo administran. Pelaje denso, sociabilidad intensa (acicalado como pegamento social) y una tolerancia notable al frío en zonas de montaña donde la nieve y las temperaturas bajo cero forman parte del decorado habitual.
Pero lo que ha hecho famosos a los de Jigokudani no es la biología. Es una costumbre que inventaron hace sesenta años y que todavía se enseñan unos a otros.
Un valle tallado por el agua
«Jigokudani» significa «valle del infierno», y no es un nombre poético: en Japón se da a los lugares con mucha actividad geotérmica, donde la tierra echa vapor, borbotea y huele a azufre.
Este lo ha tallado el río Yokoyu, que baja de la meseta de Shiga. Corta rocas que fueron magma enfriado lentamente bajo tierra (cuarzodiorita y pórfido diorítico) hace millones de años, en el Mioceno; la guía geológica de Yamanouchi calcula unos siete u ocho millones. El volcán Shiga llegó mucho después: hace unos 250.000 años sus lavas cubrieron la zona, y desde entonces el río corre por el borde de esa meseta de lava y la ha cortado en acantilados de cien a doscientos metros. Son los paredones que ves desde el sendero, a unos 850 metros de altitud.
El agua caliente sube por las fracturas de esa roca. Es probable que el calor venga del propio cuerpo de magma, que aún no se ha enfriado del todo, aunque el Servicio Geológico de Japón lo deja en hipótesis.
El surtidor que no para
En el lecho del río está el Shibu no Jigokudani funsen. Lo llaman géiser, pero en rigor no lo es: un géiser escupe cada cierto tiempo, y este echa una columna continua, día y noche, que puede llegar a los veinte metros, con agua de entre 92 y 99 grados según quién la mida, cargada de sodio, azufre y sulfato de calcio. Los minerales cristalizan alrededor de la boca y hay que retirarlos de vez en cuando para que no la tapen.
Es natural, no un pozo: en Yamanouchi todos los manantiales a punto de hervir son perforados, salvo este. El Estado lo declaró monumento natural en 1927, y la descripción oficial de entonces ya hablaba de un chorro de agua y vapor que no se detenía ni de día ni de noche. Antes de que se canalizara el agua para los baños, el valle tenía muchos surtidores; hoy solo queda este. Según la tradición, se paró una vez: con la gran erupción del volcán Asama, en 1783. La placa que tiene al lado lo resume como «símbolo de la cultura termal de Nagano».

Una posada, unas manzanas y un mono joven
Al otro lado del río está Kōrakukan, una posada abierta en 1864. El edificio actual es de hacia 1911, cuando las riadas obligaron a trasladarla a la otra orilla. Sus baños al aire libre junto al río fueron el escenario.
Los monos no estaban ahí por casualidad. En los años cincuenta, las obras de las estaciones de esquí de Shiga Kōgen los empujaron hacia los pueblos y los cultivos. Hara Sōgo, empleado del ferrocarril Nagano Dentetsu, propuso atraerlos con comida para alejarlos de los campos y, de paso, poder enseñarlos al público. Lo consiguió en septiembre de 1962, con manzanas, junto a la posadera del Kōrakukan, Takefushi Harue. En 1964, el ferrocarril abrió el Jigokudani Yaen-Kōen.
Entre diciembre de 1962 y febrero de 1963, un mono de uno o dos años se metió en el rotenburo de la posada. El relato más citado es el del primatólogo Wada Kazuo: una manzana cayó al agua, quedó flotando y la cría entró a por ella. Quién fue exactamente no se sabe. En 2018, el primatólogo Matsuzawa Tetsurō cotejó los relatos de los testigos con los registros del parque y dejó cuatro candidatos: dos machos y dos hembras. Lo de «una hembra joven» y lo de la soja, que repiten tantas webs, no se sostiene.
Cómo se aprende una costumbre
Lo que sí está documentado es lo que pasó después. Primero lo copiaron otros jóvenes, los de su edad y los de tres o cuatro años. En 1964 ya se bañaban sus madres. Y a partir de ahí la costumbre pasó de madres a crías: las crías de madres que se bañan tienen más probabilidades de bañarse, y un mono que no aprendió de pequeño rara vez empieza de mayor.
Por eso los machos que ya eran adultos entonces no entraron nunca. Y por eso los machos adultos siguen siendo hoy los que menos se bañan: en los macacos, la mayoría llega de otros grupos, y nadie les enseñó. En cambio, los machos nacidos aquí que se bañaron de crías con su madre siguen haciéndolo de adultos.
Tampoco se baña todo el grupo. Entre 1980 y 2003 lo hacía habitualmente el 31 % de las hembras, sobre todo las de los linajes dominantes. En un día frío se cuentan entre cuarenta y cincuenta monos en el agua, de unos 160. Y no se conoce ningún otro grupo de monos en libertad que se bañe en aguas termales.
Japón ya tenía un precedente. En 1952, el ecólogo Imanishi Kinji defendió que los animales también podían tener cultura. Al año siguiente, en la isla de Kōshima, una hembra de año y medio llamada Imo empezó a lavar boniatos en el agua. Aquella costumbre se extendió igual que esta: primero entre los jóvenes y las hembras, después de madres a crías, y los machos adultos apenas la adoptaron. Dos inventos de monos jóvenes y dos maneras de propagarse calcadas: por eso Jigokudani se estudia como un caso de cultura animal y no como una curiosidad.
El baño: calor y jerarquía
Cuando ves a un macaco dentro del agua caliente, no estás viendo un truco. Una cría pegada al pecho. Otro que espera en el borde. El que no entra. El onsen no borra la jerarquía; la hace visible.
Hay datos detrás. En 2018, un equipo de la Universidad de Kioto siguió a doce hembras, seis que se bañaban y seis que no, y midió en sus heces las hormonas del estrés. Se bañaban más en las semanas más frías, y en la estación fría sus niveles eran más bajos las semanas en que se bañaban. Las dominantes llegaban antes al agua y pasaban más tiempo dentro, aunque sus niveles de estrés eran más altos: el rango da privilegios, pero también peleas. La conclusión de los autores es sobria: el baño les sirve para regular la temperatura en invierno. En verano se bañan mucho menos.

Alrededor, la vida del grupo sigue: búsqueda de semillas, acicalado metódico, juveniles probando límites y algunos que entran y salen del agua como si fuese lo más normal del mundo.
El parque: observación sin jaulas (y sin romanticismos)
El parque está en el Parque Nacional de Jōshin’etsu Kōgen y no tiene vallas: los monos entran y salen. Por eso, un aviso que no es de folleto: no se garantiza verlos. Lo que sí tienen es rutina, y el propio parque la explica en un panel: al amanecer recorren su territorio comiendo y descansando; después bajan al parque, donde siempre encuentran comida, y pasan allí el día; hacia el atardecer se marchan, y cada noche duermen en un sitio distinto.
En noviembre de 1967, para que monos y huéspedes no compartieran agua, el parque les construyó un baño propio. Es el de las fotos. Aun así, de vez en cuando alguno vuelve al de la posada.
Se llega a pie. No hay un recinto al que entrar: hay un sendero por la garganta del Yokoyu, el barranco a un lado y el río al otro. En invierno el suelo desaparece bajo la nieve y el vapor se queda enganchado al cauce, bajo, como si el valle respirara. Este no es un «zoo bonito». Es piedra, pendiente, agua rápida y calor saliendo donde a la tierra le da la gana.

En el camino ya está el asunto. Un macaco en el sendero. Otro más arriba, inmóvil. El vacío blanco si ese día no toca. No «están» esperándote. Están en su territorio, y tú pasas por medio.
Reglas: porque no son peluches, aunque lo parezcan
El parque insiste (con razón) en reglas que no están para decorar carteles: no enseñar comida ni darles de comer, no tocarlos, no intimidarlos, no mirarlos fijamente de cerca y no invadir su espacio. Si conviertes a un animal salvaje en mendigo profesional, el siguiente paso suele ser el atraco con violencia: casi todos los desastres empiezan por una «tontería».
El personal los atrae con comida controlada (sobre todo cebada con cáscara y, de vez en cuando, manzanas y soja) para que se dejen ver sin encerrarlos. El resultado es lo que el panel de bienvenida del parque describe como una distancia extraña: no muestran interés por los visitantes, pero tampoco huyen.
Y un aviso del propio parque contra los tópicos: los cuentos y los dibujos les ponen cola larga y la frente arrugada, pero el macaco japonés tiene la cola corta y, en rigor, ni siquiera tiene frente: el pelo le empieza justo encima de los ojos.
De rareza local a icono mundial: 30 de enero de 1970
Su fama global explotó con la portada de LIFE del 30 de enero de 1970, un número especial sobre ecología, con una foto de Co Rentmeester hecha en Shiga Kōgen: un macaco empapado en agua caliente, el frío alrededor y ese contraste perfecto que a los humanos nos parece «civilización en miniatura». Desde entonces, el «mono de nieve» dejó de ser un primate y pasó a ser un concepto.
Los Juegos Olímpicos de Invierno de Nagano, en 1998, hicieron el resto: el halfpipe de snowboard se disputó en Kanbayashi, junto a la entrada del sendero, y, según el parque, atletas y periodistas de medio mundo subieron a verlos.

Conservación: «preocupación menor» no significa «sin problemas»
A escala global, la UICN clasifica al macaco japonés como de «preocupación menor». A escala local, convive con lo de siempre: pérdida de hábitat, fricción con la agricultura y el turismo. El turismo es bueno si financia protección y malo si convierte al mono en actor contratado. En Jigokudani el equilibrio es pragmático: observación cercana, reglas duras y una intervención mínima para que el grupo siga siendo, en esencia, salvaje.
Lo que de verdad estás mirando
Jigokudani no es solo «monos en agua caliente». Es un caso raro y muy bien documentado de cómo nace una cultura animal: un gesto que empieza en un mono joven, se copia entre los de su edad, pasa a las madres y de ellas a las crías, y se fija por el contexto (una posada, un valle termal, un parque abierto) hasta formar parte de la identidad del grupo. Si buscas «la razón», no está en el agua: está en el aprendizaje social. Y eso, sinceramente, da más vértigo que el vapor.
Referencias (oficiales y de investigación)
MLIT: Jigokudani Yaen-Koen (multilingual resource text)
Agency for Cultural Affairs: 渋の地獄谷噴泉(国指定天然記念物)
Kyoto University: first observed in 1963 & hygiene-driven construction of a monkey-only bath
Suzuki, A. (1965). «An ecological study of wild Japanese monkeys in snowy areas». Primates, 6, 31-72
Servicio Geológico de Japón (GSJ/AIST): mapa geológico 1:50.000 «Nakano» (Akahane et al., 1992)
Yamanouchi: «やまのうちの自然とくらし», cap. 3 (geología)
Yamanouchi: «やまのうちの自然とくらし», cap. 4 (aguas termales)
地獄谷野猿公苑【公式】: la naturaleza de Jigokudani
Jigokudani Onsen Kōrakukan: historia de la posada
Gobierno de Japón, Highlighting Japan (enero de 2022): el parque de monos de Jigokudani
Smithsonian Magazine (2021): cómo se transmiten los monos de nieve lo que aprenden
LIFE: la fotografía de Co Rentmeester (portada del 30 de enero de 1970)
Japan Tourism Agency: placa de Shibu no Jigokudani
Jigokudani Yaen-Kōen: paneles informativos del parque (fotos del autor)