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  • Ranas y conejos satirizando a la élite religiosa en el siglo XII,
  • Tebeos baratos censurados en el Edo del XVIII,
  • Un “viejo loco por la pintura” llamado Hokusai en 1814,
  • Y un médico frustrado llamado Osamu Tezuka que, tras 1945, convierte el cómic japonés en cine en papel y funda la base del ecosistema global anime–merchandising–cultura pop que hoy usamos todos sin ni darnos cuenta.

El manga no es un género. Es una infraestructura cultural japonesa con casi 1.000 años de evolución —y ahora un fenómeno mundial.

Proto-manga medieval: Ranas contra la hipocresía (siglos XII-XIII).

Final de la era Heian, arranque de Kamakura. Japón, siglo XII. Monjes budistas, aristócratas de corte, ritual, prestigio… y alguien se ríe de ellos.

Aparecen los Chōjū-jinbutsu-giga (“Caricaturas de animales y personas”), una serie de rollos ilustrados (emaki) en los que ranas, conejos y monos se comportan como humanos: hacen procesiones religiosas, discuten, compiten, pelean, se caen. Es una sátira social directa. Cambias al noble corrupto por una rana en actitud soberbia y nadie te puede acusar formalmente de difamar a un noble corrupto. Humanos listos desde el siglo XII.

Chōjū-jinbutsu-giga: ranas y conejos antropomorfos en sátira medieval japonesa (emaki, siglo XII).
Chōjū-jinbutsu-giga (鳥獣人物戯画), pergaminos satíricos del siglo XII considerados precursores del manga

En términos técnicos:

  • No hay texto explicativo. Todo lo cuenta el gesto.
  • Hay secuencia. El lector va desenrollando el pergamino y viendo acción continua.
  • Se usan recursos visuales dinámicos (repetición de la misma figura en poses sucesivas, insinuación de movimiento).
  • El tono es paródico y moralizante.

¿Esto es “manga”? Depende de lo purista que seas. Académicamente, conviene decir: no es manga moderno (no hay viñetas ni globos), pero sí es la raíz estética y funcional del manga:

  • Humor crítico.
  • Narración visual secuencial.
  • Exageración expresiva.

Tradicionalmente se ha atribuido la autoría a Toba Sōjō (Kakuyū, 1053-1140), un monje con fama de satírico. Hoy se acepta que hay varias manos y varias fases. Aun así, el punto clave es éste: en Japón, en el siglo XII-XIII, ya existe una tradición de usar dibujo secuencial para comentar lo social y lo político. El manga nace aquí, en espíritu.

Estos rollos se asocian al templo Kōzan-ji, en las montañas al noroeste de Kioto. Kioto hoy (~1,46 millones de habitantes) es la gran capital histórica japonesa: templos como Kiyomizudera, santuarios como Fushimi Inari Taisha, alta cocina kaiseki, tofu caliente (yudōfu). Es decir: el lugar que vende tradición japonesa… y, sorpresa, también guarda lo que podemos considerar la versión medieval del cómic satírico.

Edo (siglo XVIII): llega el manga de quiosco (antes de que existiera el quiosco)

Damos un salto al período Edo (1603-1867), bajo el shogunato Tokugawa. Japón está en relativa paz, la economía urbana despega, y Edo —la ciudad que luego se llamará Tokio— es un bicho enorme y hambriento de ocio barato.

Respuesta del mercado: los kibyōshi (“libros de tapas amarillas”).

Los kibyōshi son cuadernillos impresos con xilografía que circulan sobre todo entre 1775 y comienzos del siglo XIX. Unas 30-40 páginas por entrega. Ilustraciones grandes ocupando casi toda la página, y el texto incrustado en los huecos. Historias por episodios. Te los prestan en casas de préstamo de libros. Te enganchas. Pides el siguiente.

Contenido típico:

  • Sátira de costumbres urbanas.
  • Parodia literaria.
  • Picante elegante (para adultos, pero camuflado).
  • Pullas sociales y políticas con disfraz humorístico.

El autor estrella aquí es Santō Kyōen (1761-1816): escritor afilado, muy atento al mundo de las casas de placer, los barrios nocturnos y la doble moral de Edo. Kyōen tiene tanto éxito que llama la atención equivocada. Durante las Reformas Kansei (1787-1793), el gobierno Tokugawa decide moralizar a la población (léase: censurar lo que considera obsceno o subversivo). Resultado: multas, secuestros de tiradas y castigos ejemplares. Kyōen llega a ser castigado y restringido por el contenido de sus libritos.

¿Qué hace la industria? Se ajusta. La crítica política no desaparece: se vuelve más alegórica, más en clave. El lector aprende a leer “lo que de verdad se está diciendo” sin que se diga abiertamente. Este entrenamiento cultural, aparentemente menor, deja una herencia enorme: Japón forma lectores capaces de manejar subtexto político y sexual en narración gráfica popular ya en el siglo XVIII.

Conclusión Edo:

  • Tenemos narrativa ilustrada seriada de consumo masivo, barata y adictiva.
  • Tenemos autores reconocibles con voz propia.
  • Tenemos censura estatal activa.
  • Tenemos lectores acostumbrados al guiño y al doble fondo.

Sí: suena peligrosamente parecido al ecosistema manga moderno… pero en 1787.

Hokusai (1814): la palabra “manga” sale a escena

Llega el siglo XIX y con él un nombre que hasta quien no sabe nada de Japón ha visto en una taza: Katsushika Hokusai (1760-1849), el del Monte Fuji y la famosa ola.

En 1814, Hokusai publica el primer tomo de lo que se conocerá como Hokusai Manga. A lo largo de quince volúmenes, reúne más de cuatro mil dibujos: campesinos, artesanos, comerciantes, guerreros, criaturas fantásticas, escenas cómicas, vida cotidiana, gestos, poses, estudios de anatomía, incluso pequeñas secuencias de acción.

Hokusai Manga (1814): cuaderno de bocetos de Katsushika Hokusai que populariza el término “manga” y su estética.
Hokusai Manga (北斎漫画), obra de Katsushika Hokusai publicada en 1814

Para él, “manga” es básicamente “apuntes rápidos”, “bocetos espontáneos”, “pincel suelto”. No está contando una historia larga episodio a episodio como haría un manga moderno, pero está haciendo dos cosas que cambiarán todo:

  • Consolida la palabra manga como categoría reconocible de dibujo japonés vivo, directo, cercano al pueblo.
  • Difunde esa estética dentro y fuera de Japón.

Sus cuadernos circulan también en Europa en pleno siglo XIX. Eso alimenta el llamado japonismo que influye a pintores como Monet, Degas o Van Gogh. Es decir: Japón exporta su forma de dibujar y narrar antes incluso de importar masivamente la tradición del cómic occidental. No es “los japoneses copiaron el cómic americano”. Es un cruce continuo. Japón influye, Japón absorbe, Japón remezcla.

Era Meiji y principios del XX: sátira política moderna, globos de diálogo y el mangaka profesional

Mitad del XIX en adelante: Japón se abre a la fuerza (1853-1854), cae el shogunato, llega la Restauración Meiji (1868) y empieza la modernización salvaje. Junto a los ferrocarriles y la industria pesada llega otra importación peligrosa: la prensa satírica occidental.

En Yokohama —gran puerto internacional al sur de Tokio, famoso hoy por su Chinatown y su ramen contundente—, el caricaturista británico Charles Wirgman publica desde 1862 una revista en inglés llamada The Japan Punch. Se inspira en la británica Punch. Humor político directo. Caricatura con texto dentro de globos. Crítica social explícita. Esto en japonés se apoda ponchi-e (“dibujos Punch”).

Ese modelo no tarda en ser reproducido en japonés. En 1874 aparece Eshinbun Nipponchi, considerada una de las primeras revistas japonesas de sátira gráfica al estilo occidental. Dura poco, pero abre la puerta a un ecosistema de publicaciones humorísticas e ilustradas que fusionan tradición local y formato periodístico occidental.

En paralelo, ya a inicios del siglo XX, surge una figura decisiva: Kitazawa Rakuten (1876-1955). Rakuten publica tiras cómicas políticas y cotidianas de forma regular (por ejemplo en la sección Jiji Manga en 1902), firma como dibujante profesional y convierte a sus personajes en productos comerciales (muñecos, naipes). Él consolida varias cosas clave:

  • que “manga” designa ya historieta humorística / crítica con personajes recurrentes,
  • que dibujar manga puede ser una profesión estable,
  • que el personaje dibujado es ya mercancía cultural explotable.

Traducción: a principios del siglo XX, el manga deja de ser “arte marginal simpático” y se convierte en industria organizada con autores profesionales, publicaciones periódicas y propiedad de personajes.

Posguerra: Tezuka, el manga como cine en papel y Astro Boy

Salto a 1945. Japón ha sido bombardeado hasta los cimientos, Hiroshima y Nagasaki incluidas. El país está ocupado. Hay hambre, ruinas y trauma. La sociedad necesita narrativas que le permitan digerir todo esto sin hundirse. 

Tezuka hace dos intervenciones quirúrgicas:

  • Visual
    Lleva al extremo la expresividad facial heredada tanto del cartoon occidental como del teatro japonés popular. Es el famoso “ojo grande” hipersensible que hoy mucha gente identifica con el anime japonés. Ojo grande = acceso emocional inmediato. Después de la guerra, Japón necesita personajes capaces de sentir mucho, de forma visible y reconocible.
  • Narrativa
    Tezuka convierte la página en una cámara. Introduce viñetas muy estrechas colocadas en secuencia para marcar velocidad, paneos verticales u horizontales, cambios de ángulo tipo zoom, cortes de plano. Deja de pensar en “tira cómica suelta” y empieza a pensar en “largometraje dibujado en capítulos”. En resumen: inventa el lenguaje del manga moderno como cine impreso.

Su obra emblemática en este sentido es Tetsuwan Atomu (Astro Boy), que arranca en 1952. Astro Boy es un niño-robot creado para sustituir a un hijo muerto, tratado como herramienta y, aun así, éticamente limpio y compasivo. Es ciencia ficción, sí, pero es también Japón hablándose a sí mismo tras la guerra: ¿qué hacemos con nuestra tecnología?, ¿qué significa ser humano?, ¿podemos ser mejores de lo que fuimos?

En 1963, Astro Boy salta a la televisión como anime semanal. Se vende al extranjero. Y ahí se cierra el circuito que define la era moderna:
/manga → anime → personaje-franquicia → cultura popular internacional.

Desde ese momento, manga y anime dejan de ser consumo iterno japonés. Son exportación cultural.

Astro Boy (1963): transición del manga de Osamu Tezuka al anime global.
Tetsuwan Atomu (Astro Boy), manga de Osamu Tezuka publicado desde 1952

Segmentación industrial moderna: shōnen, shōjo, seinen, josei

A partir de los años 60-70, la industria deja de vender “manga para todos” y empieza a vender “manga pensado específicamente para ti”. Y no “para ti” en plan anuncio cursi, sino literalmente segmentado por demografía.

Las cuatro etiquetas básicas son:

  • Shōnen (小年)
    Público objetivo: chicos adolescentes.
    Temas: acción, esfuerzo, amistad, superación continua.
    Forma: cliffhanger obligatorio, ritmo alto, escalada de poder absurda pero adictiva.
    Ejemplos (por oleadas): Dr. Slump, Dragon Ball (1984 como manga, anime desde 1986), luego Naruto, One Piece, etc.
    Resultado: mitología épica masculina global. Niños gritando “¡más fuerte todavía!” en patios de colegio de todo el planeta.
  • Shōjo (小女)
    Público objetivo: chicas adolescentes.
    Temas: emoción, deseo, identidad, conflicto interno, relaciones complejas.
    Y aquí ocurre un terremoto en los 70.
    Un conjunto de autoras conocido como el Grupo del Año 24 (nacidas en torno a 1949, año 24 de la era Shōwa) rompe la página tradicional: desaparece la cuadrícula rígida, el texto puede flotar fuera de los globos, el espacio en blanco se convierte en emoción pura, aparecen protagonistas femeninas activas, roles de género inestables, romances chico-chico idealizados (shōnen-ai), el bishōnen andrógino.
    Emblema: La Rosa de Versalles (Riyoko Ikeda, 1972-1973), drama histórico y político con identidad de género en entredicho.
    Conclusión: el shōjo deja de ser “novélitas románticas para niñas”. Es laboratorio formal y emocional.
  • Seinen (青年)
    Público objetivo: hombres jóvenes adultos.
    Temas: violencia realista, política sucia, corrupción corporativa, trauma psicológico urbano, ciencia ficción negra.
    Ejemplo posterior emblemático: Akira (Katsuhiro Ōtomo, años 80). Tokio posnuclear, adolescencia rota, poder descontrolado del Estado. Esto no se emite como dibujito inofensivo de guardería.
  • Josei (女性)
    Público objetivo: mujeres adultas.
    Temas: relaciones afectivas reales, precariedad laboral, deseo, dependencia emocional, ambición, heridas sentimentales.
    Ejemplo claro: Nana (Ai Yazawa, 2000-2009), dos chicas muy distintas compartiendo piso en Tokio, intentando construir vida, amor y dignidad en un entorno que no ayuda.

Este corte demográfico convierte al manga en algo único: hay oferta explícita para cada etapa vital y cada sensibilidad emocional. No hablamos sólo de “cómic juvenil”. Estamos hablando de un medio que abarca desde la primera pubertad hasta la crisis existencial de los cuarenta.

La picadora de talento: Weekly Shōnen Jump

Caso particular (y decisivo): Weekly Shōnen Jump, revista semanal lanzada en 1968. El modelo es sencillo y brutal:

  • cada número serializa capítulos de varias series;
  • los lectores votan cada semana;
  • si una serie cae en popularidad, se cancela en tiempo récord.

Esto tiene dos efectos inmediatos:

  • Ritmo narrativo salvaje. Cada capítulo tiene que terminar arriba. Nada de “ya veremos en dos meses”.
  • Sólo sobreviven las series que generan adicción masiva casi instantánea.

En los 80 y 90, Shōnen Jump alcanza tiradas de millones de ejemplares semanales en Japón y exporta auténticas bombas culturales como Dragon Ball. Eso explica por qué en España, Francia, Italia o América Latina los chavales de los 80-90 merendaban apocalipsis marciales, sangre dorada y gritos de poder en lugar de dibujitos inofensivos de animalitos que hablan de amistad y reciclar. Japón estaba fabricando mitología nueva a escala industrial.

De los 70 a los 90: del papel a la tele y de la tele al planeta

Con el engranaje manga→anime ya montado desde Astro Boy, cada década mete gasolina.

  • Mazinger Z (1972): el primer «super robot» pilotado desde dentro; manga publicado entre el 2 de octubre de 1972 y el 13 de agosto de 1974, con adaptación televisiva en Fuji TV (92 episodios, 3 de diciembre de 1972 – 1 de septiembre de 1974); Gō Nagai metió a un muchacho dentro del gigante de acero y el mundo se volvió loco con sus puños cohete y su ambigua moraleja tecnófoba/tecnófila.
  • Heidi (1974) y Marco (1976): melodrama sentimental infantil emitido en Europa. Japón exporta llanto con una precisión quirúrgica que hizo más por la educación emocional que muchos psicólogos escolares.
  • Saint Seiya / Los Caballeros del Zodiaco (1986): astrología + tragedia + violencia ritualizada + hombría romántica gritándole al cosmos.
  • Dragon Ball (anime desde 1986): artes marciales humorísticas que escalan a épica cósmica. Clase práctica de “entrena, supera tus límites, salva a tus amigos”.
  • Neon Genesis Evangelion (1995): trauma psicológico adolescente, religiosidad distorsionada, bio-armas biomecánicas, culpa existencial. Es el aviso internacional de que el anime no es “para niños”; es para cualquiera que tenga ansiedad existencial (es decir, todo el mundo moderno).
Mazinger Z (1972): El primer super robot pilotado desde dentro, icono pionero del manga y anime de mechas en Japón.
Mazinger Z, manga de Gō Nagai publicado desde 1972

El resultado es que, a finales del siglo XX, media humanidad está emocionalmente invertida en narrativas japonesas seriadas. El manga deja de ser “un producto cultural japonés” y se convierte en memoria compartida planetaria.

Siglo XXI: manga como poder blando, archivo nacional y estándar internacional

Entramos en el siglo XXI y Japón hace algo muy inteligente (y muy japonés): institucionaliza su propio cómic.

  • En 2006 abre en Kioto el Museo Internacional del Manga, que funciona a la vez como biblioteca, archivo histórico y centro de estudio. Se trata el manga no como juguete adolescente, sino como patrimonio cultural documentable.
  • En 2008, el Ministerio de Asuntos Exteriores japonés nombra a Doraemon (el gato cósmico creado en 1969 por el dúo Fujiko Fujio) “embajador del anime”. Es la versión japonesa de decir: “Nuestra imagen-país global incluye personajes de ficción. Y sí, vamos en serio”.
  • Barrios concretos de Tokio, como Suginami-ku (alrededor de 580.000 habitantes), viven literalmente de esto: pequeños y medianos estudios de animación, encajados entre izakayas, casas antiguas y festivales callejeros, producen episodios que luego se distribuyen mundialmente en plataformas.

En paralelo, el modelo japonés deja de ser sólo japonés. Corea del Sur desarrolla el manhwa y especialmente el webtoon: historieta digital en scroll vertical, a color, ritmo de culebrón emocional, pensada para móvil. China impulsa el manhua. Es la misma lógica central (serialización + segmentación + personaje explotable en otros formatos), pero con gramática visual local. Traducción: el “manga” japonés ya no es únicamente japonés. Es el estándar narrativo base del cómic asiático contemporáneo, que ahora se retroalimenta globalmente.

Epílogo: qué no ha cambiado en casi mil años

Si reduces todo el ruido (robots gigantes, magical girls, samuráis espaciales, adolescentes con traumas cósmicos), tres constantes atraviesan toda la historia:

  • Sátira / crítica / lectura del presente.
    • Siglo XII: ranas ridiculizando monjes y nobles.
    • Siglo XVIII: kibyōshi pinchando al orden Tokugawa.
    • Posguerra: Astro Boy preguntando qué significa ser humano tras el horror nuclear.
    • Años 90: Evangelion convirtiendo la depresión juvenil en alegoría apocalíptica.

Siempre ha habido denuncia, aunque vaya disfrazada.

  • Serialización adictiva.
    • El pergamino medieval se “lee” en secuencia.
    • El kibyōshi acaba en alto y te obliga a comprar el siguiente librito.
    • Weekly Shōnen Jump te mete un clímax semanal para que vuelvas sí o sí.
    • El webtoon coreano te deja colgando al final del scroll.

El manga siempre ha sabido que lo más importante no es la página que lees, sino la siguiente.

  • Capacidad de mutación formal según la tecnología disponible.
    • Rollo pintado a mano en el siglo XII.
    • Xilografía barata en el Edo del XVIII.
    • Revistas satíricas con globos en el XIX.
    • Página “cinematográfica” de Tezuka tras 1945.
    • Televisión analógica globalizada en los 70-90.
    • Scroll vertical en el móvil en el siglo XXI.

El medio cambia de piel sin perder el alma.

Resumen final: el manga no es sólo Goku. Goku es un heredero tardío de una tradición implacable: usar dibujo secuencial para retratar el mundo, procesar el miedo colectivo, venderte el siguiente capítulo y, de paso, definir la imaginación de medio planeta.

Bibliografía

(Esta bibliografía no es decorativa; son obras de referencia que sostienen los ejes históricos que acabas de leer.)

  • Adam L. Kern. Manga from the Floating World: Comicbook Culture and the Kibyōshi of Edo Japan. Harvard University Asia Center, 2006.
    (Kibyōshi como cómic popular urbano del Edo, censura Tokugawa y lectura satírica de masas.)
  • Gian Carlo Calza. Hokusai. Phaidon, 2003.
    (Hokusai, 1814, el término “manga” y la exportación de esa estética a Europa en pleno siglo XIX.)
  • Natsu Onoda Power. God of Comics: Osamu Tezuka and the Creation of Post–World War II Manga. University Press of Mississippi, 2009.
    (Tezuka tras la guerra, el manga como “cine en papel”, y Astro Boy como mito moral-tecnológico de la posguerra japonesa.)

 

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