La construcción de Dōtonbori 道頓堀 se remonta a 1612: un comerciante de Osaka, Yasui Dōton 安井道頓, propuso conectar a través de un canal de navegación los ríos Umezu 梅津川 (que atravesaba la ciudad de este a oeste) y Yokobori 横堀 (de norte a sur), con el objetivo de impulsar el negocio local.​ El proyecto quedó paralizado cuando Dōton falleció durante la defensa de Toyotomi Hideyori en el sitio de Osaka, pero sus herederos retomaron la idea y la obra fue inaugurada en 1615. El nuevo señor del castillo de Osaka, Tadaki Matsudaira, nombró a la vía «Dōtonbori» (en español, «canal de Dōton») en honor a su impulsor.

La personalidad del canal comenzó a definirse en 1621, cuando el shogunato Tokugawa construyó a su alrededor la avenida del entretenimiento en el primer plan urbanístico de Osaka. En menos de cinco décadas, la vía ya contaba con seis teatros kabuki, cinco teatros bunraku y el primer espectáculo de marionetas karakuri. Además, se abrieron varios restaurantes y cafeterías en las calles adyacentes.

La avenida ha tenido que ser reconstruida tras el terremoto de Hōei de 1707 y al final de la Segunda Guerra Mundial. A mediados del siglo XX, Dōtonbori se ha transformó en el principal centro de vida nocturna de la ciudad; los teatros tradicionales han dejado paso a centros comerciales, salas de cine, carteles luminosos, karaokes y restaurantes temáticos, con un aumento del turismo internacional.

Cerca de Dōtonbori se encuentran los distritos comerciales de ShinsaibashiNipponbashi y Amerikamura.

Dotonbori es uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad y es muy popular sobre todo por sus neones, las decoraciones en las fachadas de sus mil restaurantes de todo tipo y su gran actividad nocturna. Y es que Dotonbori (a veces escrito Dotombori) es el barrio de entretenimiento por excelencia de Osaka… ¡y eso que es relativamente pequeño!

Poco queda de los teatros de antaño, aunque todavía sigue habiendo mucha cultura teatral en toda la zona. Pero el barrio se ha convertido en el centro del entretenimiento de la ciudad de Osaka.

Glico グリコ

Osaka es conocida por la calidez de la gente, por su sentido del humor y sus cómicos o por la pasión que sienten sus habitantes por la gastronomía. De hecho algunos de los platos más característicos de la cocina japonesa,  dentro del grupo konamon 粉もん – “cosas hechas de harina”- como el takoyaki o el okonomiyaki son originarios de la ciudad, con el permiso de otras ciudades como Hiroshima.

A pesar de que, a diferencia de otras urbes como Kyoto o Tokyo, la ciudad no tiene demasiados puntos de interés turístico – a simple vista – sí que dispone de algunos elementos que la hacen reconocible en todo el país. Algunos de estos símbolos son su famoso castillo – reconstruido finalmente en 1997 tras diferentes acontecimientos bélicos e infortunios como la caída de un rayo en 1665 – la curiosa torre Tsūtenkaku en Shinsekai, el cangrejo gigante del restaurante Kani Doraku en Dōtonbori o el Aquarium Kaiyukan.

Cualquiera de estos ejemplos podría representar perfectamente a Osaka pero la verdad es que el primer lugar donde se dirige el turista y el objetivo número de las cámaras fotográficas es un cartel publicitario.

Glico el día del tifón el tifón número 10 Krosa (クローサ).

El cartel de neón más famoso de Japón se encendió por primera vez en 1935, y su diseño ha ido variando a lo largo de los años. A día de hoy nos encontramos con la quinta generación,  con 20 metros a lo alto y 10.85 metros a lo ancho. En sus orígenes llegó a medir 33 metros.

De la misma forma que sucedió con la torre Tsutenkaku 通天閣,, en 1943 en plena segunda guerra mundial, el sonriente corredor se tomó 12 años de descanso debido a la falta de hierro en el país e imagino el peligro que suponía tener un objetivo luminoso que atrajese a los bombarderos aliados.

Torre Tsutenkaku 通天閣

Glico, la empresa madre de la criatura es responsable de algunos de los dulces más famosos de Japón y a lo largo del planeta como Pocky – lo conocemos como Mikado en Europa  – o su caramelo tradicional que dio forma a este ya universal emblema publicitario.

El diseño de este atleta no es fruto del azar ni de un capricho del presidente de la empresa, sino que se debe a un curioso cálculo matemático.

Cada caramelo tiene 15.4 calorías y para que un japonés medio de la época – 1,65 metros de altura , 55 kilos de peso- pudiera quemar esas calorías habría de recorrer al trote una distancia de 300 metros durante casi dos minutos. Una inteligente forma de mostrar que los niños pueden gastar esa energia de diferentes formas a lo largo del día, motivando a sus madres a comprar estos caramelos, libres de cargos de conciencia.

Fotos: Solusan
Video: Solusan

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